La Fórmula

Es como estar en casa. Pero no aburrida en el sofá, sino como sentirte cansada y llegar a casa después de un largo día de trabajo, como volver a abrazar tu almohada tras un viaje por muchos hoteles baratos. Es el calorcito de tu cama cuando estas helada de frio. Estar con él, es sentir que estoy en mi casa, que ya lo tengo todo y no necesito nada más. Es sentirme a refugio. Verlo, es sentir hogar.
Y como se lo explico…lo he intentado mil veces y nunca lo consigo. Se supone que se me dan bien las palabras, pero la mismísima Erato vomitaría si hubiera escuchado mis vanos intentos por contarle lo que creo, lo que veo. Porque él…él no ve nada porque ni mira ni quiere ver. Ya sé que es hombre, que es más práctico y todas esas cosas pero yo…la personalidad emotiva la inventó Gardner pensando en mi. Hoy la culpa ha sido de su brazo. Lo tenía todo esquematizado en la mente y entonces se ha quitado el abrigo, que gracias a Dios luego se ha puesto y al rato se ha vuelto a quitar, y subir… y bajar… y ha sido el caos. Creo que han sido dos centímetros cuadrados lo que he alcanzado a ver de su biceps, no ha hecho falta más, y mi cuerpo ha reaccionado como lo hace un gato con el agua, toda mi espina dorsal se ha tensado. Y digo yo ¿ cuarenta años de sabiduría vital no deberían ser suficientes para hacerle entender a alguien que tenemos algo especial? Que me importa una mierda no verlo en un año o en dos, que eso no cambia para nada lo que siento, y sentiré por él. Que no necesito fines de semana románticos, ni despertarme a su lado cada día o cualquier convencionalismo de esos que nos han metido en la cabeza que necesitan las parejas para ser felices. Yo solo necesito que me quiera. Y a pesar de ir dispuesta a explicarle que lo quiero de una forma tal en la que solo el hecho de darle espacio, ya me hace feliz; lo único que habré conseguido es agobiarlo y que Usain Bolt se quede corto de la velocidad que va a tomar para ir a refugiarse en sus hijos.
Como el puto culo me he expresado hoy. Lo único que necesitaba es saber si quiere estar conmigo, del modo que sea, pero conmigo y nadie más. Lo único que necesito es la tranquilidad de saber que me quiere. Tan poco y a la vez tanto. No me importa esperar para estar a su lado hasta que se vuelva pelirrojo, hasta que se jubilen sus hijos o hasta que esté listo, pero a su vera porque no quiero prescindir de besarlo lento y con cariño, no como antes, torpe y apresuradamente. Es que me he lucido hoy. Eros debía estar tomando café con Afrodita esta mañana. Probablemente también habían quedado con Erato y de ahí mi poco arte para el amor y la palabra.
Con esto de madurar aprendo cosas buenas. Que siempre he querido una pareja es cierto, pero resulta que ahora me he dado cuenta que quizás la pareja que yo necesito no es una de esas parejas al uso; al fin y al cabo, creo que tampoco yo soy una mujer al uso. La pareja que necesitamos no tiene que tener los hábitos y costumbres que nos vende la sociedad, no tiene que ser como las proyectan en las películas, sino como a ti te haga feliz. Busca tu formula.

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Con A de Almudena

Hace tanto que no tengo pareja que ya había olvidado esas peleas que se tienen cuando cada uno se cruza de brazos en un lado de la cama y pese a desear con todas las fuerzas abrazar al otro, no lo hacemos. Nos quedamos ahí, inmóviles, quieres “apearte del burro” pero por orgullo, o porque no sabes cómo, no lo haces.  Yo tengo una amiga que se llama Almudena, y hace tiempo que quiero disculparme con ella y no sé cómo. Por eso me he acordado de esas riñas de novios.

Durante un tiempo, Almudena, era lo más parecido a una pareja, pero sin atracción o amor carnal; suplía muchas de las carencias que a veces tenemos los solteros Tenerla tan cercana a 2000 km de distancia me hacía feliz. Era mi impulso y mi hombro en el que llorar, podía llamarla a cualquier hora del día y contarle cualquier chorrada que ella le daba la importancia que yo necesitaba. Pero si es importante tener quien te escuche en los momentos malos mas necesario es aun tener alguien a quien contarle lo bonito que te sucede. Y si no, fijaos cuando os pasa algo bueno  siempre os apetece contárselo a los que más queréis; siempre a aquellas personas que más os importan. Y sobre todo, yo sentía que de algún modo ella me necesitaba y eso daba sentido a mis días. En aquel tiempo, no era solo la madre de mi hija, también la amiga de Almudena, porque compartíamos todo.  Cuando tienes una relación muy estrecha con alguien, sus problemas se hacen tuyos, y en tus días, siempre hay pensamientos para ella, aunque esté al otro lado del mundo. 

Decía Sabina “Como otras parejas vivimos historias de celos. Historias de gritos y besos, de azúcar y sal.”  Si.  Sabiendo lo mal que se me dan las relaciones de pareja, lógico era que la cagara también con ella. Nunca hubo gritos; eso no por Dios, pero un día me puse celosa. Con ella yo me sentía como la maruja aburrida que espera en casa a que llegue su marido del trabajo;  y él, cuando lo hace, no provee de suficiente atención a su amada esposa. Mi amiga vive en otro país, y cuando viene al mío, tiene tanta gente que visitar que siempre me siento mal. La echo de menos; y cuando está aquí tengo ganas de verla a menudo, jugar con sus dos estrellitas y supongo que, egoístamente, contarle mis patéticos problemas. 

Bueno ya en serio, llevo semanas y semanas queriendo escribirle y pedirle perdón pero no he sabido cómo. El mundo está lleno de misterios y me parece curioso que ayer, cuando ya había decidido como disculparme y me había dado de plazo el día de ayer para hacerlo me escriba ella. Yo estoy en su pensamiento igual que ella está en el mío. 

Durante todo el día estuve pensando cómo escribirle, como estructurar lo que quiero decir y como hablar sobre la amistad. 

A veces nos creemos con derechos sobre nuestros amigos, y ese, es el error más grande; en cualquier tipo de relación de pareja, en cualquier binomio, incluso en los laborales. Si no lo afrontamos desde la óptica de que debemos disfrutar dando, sin más, esperando obtener a cambio “nada”, ni siquiera la satisfacción que se produce al entregar, no funcionará.  Hay cosas que se dan por sentado, que son obvias, pero en el devenir de la relación, quizás más a menudo cuando sabemos que el otro nos quiere, se diluyen en el olvido. Y no pasa nada, un buen amigo no espera de ti que seas perfecto.  Voy a cumplir cuarenta años, debería estar llorando por los rincones, pero la verdad es que no me apetece. Me siento tan agradecida del pulimento que me ha dado la edad, que no me arrepiento ni de una sola de las arrugas que tengo.  Es tanto lo que he aprendido en estos años que creo que ahora estoy más preparada para afrontar cualquier situación y sobre todo para saber qué quiero.  Cuando era una adolescente soñadora y hacía listas mentales de todo aquello que quería tener en la vida: que si una carrera, un master, una casa llena de niños revoltosos, viajar a la India…Jamás pensé que  cuando fuera una adulta cuarentona en mi lista solo iba a quedar una cosa, una prioridad: hacer feliz a la gente que quiero.  Si, solo una, porque lo de viajar a la India de este año no pasa que lo cumpla. ¿Y habéis pensado que, si no cumplimos los sueños de siempre, no podemos dar paso a más y mejores deseos?

P.S.: A riesgo de caer en la cursilería ilustro este texto con una amapola, para que podáis haceros una idea de cómo es mi amiga. De tallo recto y firme, resalta en cualquier rincón por agreste que sea gracias a la alegría que le imprime su color; y por la belleza que obtiene de su fragilidad y sensibilidad. 

 

 

 

 

Análisis de Costes

Esta mañana soy un mar de dudas…los números me desbordan, me giran por la cabeza. Formulas, supuestos, ecuaciones… ¡No sé cuál es el coste de oportunidad! El coste de oportunidad de estar con una persona que no te apetece tirarte en mitad de la noche; es un coste muy grande desperdiciar tus noches solo, sin una tía que duerma desnuda a tu lado para que cuando la notes como la notes, no tengas más remedio que clavarte en ella y despertarla.  ¿Cuál es el coste de oportunidad de estar con una persona que no te desborda el alma, que no vas a querer seguir tirándote en un probador a los 50 años?

¿Qué margen de vida te da estar tan enamorado, que quieras dormirte cogido de la mano de alguien? 

¿Cómo calculo el punto muerto entre el número de tías que necesitas follarte para compensar que no tienes una que te folle como Dios manda? Y con esto me refiero a que te folle con la mente y con el alma. Busca una de esas. 

Necesitas un producto que tenga alto margen, (que te haga sentir que tú eres la hostia, que te de todo el amor que necesitas, que te haga la vida divertida) debe tener una productividad alta con bajo coste (digamos que con ser tú mismo sin ningún esfuerzo debes tener un rendimiento muy elevado).

¿Y el beneficio? Cómo coño se mide el beneficio que aporta encontrar a una persona que te haga quererla solo a ella, sin ninguna más. ¿Cómo mides la felicidad, la paz, la serenidad que da encontrar a esa persona que te va a hacer ser mejor persona?

No te equivoques, lo que está en tus genes, no es la infidelidad. Lo que está en tus genes es buscar mal, rendirse antes de tiempo.  Rodéate de gente que te haga ver estos puntos de vista, y no otros. Cuando encuentres a la persona,  dará igual la química y los dos años. Cuando llegue la persona, encontraras alguien con quien dará igual el cuerpo porque lo que te pondrá, no serán sus tetas, sino sus neuronas. Por suerte,  éstas serán cada vez mejores, por la experiencia, y cada día, te fascinará más en vez de menos. Busca la fuerza más grande del universo, la del amor. Y ahí, como decían todos los grandes: Ghandi,  Teresa de Calcuta y muchos mas, descubrirás que la felicidad no está en coleccionar Lacoste de colores, si no en dar, en hacer feliz a alguien.  

Si fuera una fruta sería…

Se sentó en una terraza a esperar. Mientras hablaba por teléfono pidió al camarero unos churros con chocolate. La música estaba demasiado alta para su gusto. Estaba en el barrio de su adolescencia, en esas calles descubrió de verdad qué era una vecindad. Alargó el brazo para sacar su compañía para hoy del bolso, un libro de relatos. En ese momento se dio cuenta de cuanto temblaba su pulso y se asustó. De repente tomo consciencia de su cuerpo y notó los nervios dentro de su pecho, en lo mas profundo. El temblor estaba estancado en el fondo de su alma. ¿Se concentraba el alma allí? Ella sentía que si. Cuando era pequeña había un programa en la tele en el que había que averiguar un personaje comparándolo con objetos profanos. Los concursantes preguntaban; si fuera un color, ¿qué color sería? ¿Si fuera una ciudad? Recordó aquél show de los viernes por la noche. Siempre se había considerado una especie de fruta tropical: de esas de muchos colores, con contrastes de texturas y sabores. Algunas tienen una cascara algo dura o incluso pinchosa, pero al abrirlas están llenas de carne jugosa, frescos olores y exóticas semillas. ¿Quien no ha sentido curiosidad por saber como eran por dentro? Por saborearlas.

Se dio cuenta que en este momento de su vida, aunque siguiera vistiéndose con jerseys amarillos era mas bien una especie de castaña. Si, una castaña. Marrón y sosa. Aburrida y sin color. Antes orgullosa por lo accesible que era a pesar de los golpes de la vida, casi sin darse cuenta, ahora se había convertido en una castaña. A falta de un muro de protección, se había puesto dos. Su relleno era duro, fuerte. ¿Como coño había podido hacerle tanto daño ese tal Raul? En un día como hoy se le juntaba ese dolor con el de su exmarido; se mezclaba con los números de su cuenta corriente y comprendía porque había perdido las ganas de tener pareja. Descruzó las piernas: notar que el temblor llegaba hasta sus muslos la ponía triste. En ese momento entendió porque nadie iba solo a esas visitas. Era hora de irse. Seguiría con su rutina de no parar en todo el día. Si lo hacia, corría el riesgo de volver a darse cuenta de que era una olla a punto de explotar.Demasiados problemas juntos; tendría que ir poco a poco. Mientras se alejaba de la cafetería albergó un poco de esperanza; incluso las castañas, bajo el punto de calor adecuado, se transforman en un fruto tierno y dulzón.

La Merienda

Nunca he escrito sobre mi madre, a excepción de un soneto que escribí cuando era niña sobre cómo le cambian de color los ojos. Hoy que no paran de caer lagrimas por los míos, solo de pensar en que ella deje de estar a mi lado, me parece un buen momento para hacerlo. Durante años la eche de menos en muchos momentos de mi infancia, pero sobre todo, a la hora de la merienda. No me parecía justo que cuando llegaba del colegio y mis compañeros estaban con sus madres, la mía nunca estaba para prepararme un bocadillo. Y esas promesas que me hice cuando era niña, de que cuando yo tuviera hijos, siempre intentaría estar con los míos, tampoco se han cumplido. Estoy segura que ha sido así para que aprecie y valore aun mas lo que fue la vida de mi madre. La culpa siempre digo, que es el sentimiento mas inútil que hay; pero aun así, es raro que las madres no nos culpemos por casi todo. No he podido librarme de ella en cada momento de la vida de mi hija que me he perdido; por insignificante que fuera, la culpa me acompañaba. Y qué decir de todas las meriendas que mis padres le han dado a mi hija porque yo estaba trabajando; todas la que no me dieron a mi se las han preparado a ella igual que mis abuelos a mí. Cada una de ellas me ha dolido. A mi hija creo que no, pues mi madre es para ella una madre mas y por ese lado me siento agradecida. Pero así de graciosa es la vida. Si no aprendes la lección teórica te manda la práctica. Ahora me basta con saber que mi madre seguramente deseaba tanto como yo, merendar conmigo.

Desde pequeña mi madre era mi referente, la mejor persona del mundo, a la que aspiraba parecerme. Siempre le contaba y consultaba todo y siempre estaba allí. Hasta que dejo de ser así, y pasé de ver a mi madre como madre para juzgarla como persona. ¿Y qué derecho tengo yo para juzgar a la gente? y sobre todo a mi madre.

Aunque cuando estoy a su lado, me siento la misma niña buscando cariño, no consigo abrazarla como antes, ni darle todos los besos que me nacen. Cada vez que me voy de su casa mi cuerpo quiere ir a buscar al suyo, pero mi adulto interior no lo deja. Me da rabia. Me pregunto si esto nos pasará a todos al crecer o solo a mí.  Ya no se abrazarla como cuando era niña, pero espero que al menos estas palabras puedan envolverla de amor, como antes lo hacían mis brazos.

Han ido pasando los años por el calendario, y han cambiado muchas cosas: arrugas y canas han llegado, nuevos miembros de la familia también; ha cambiado la sociedad, y hasta el clima pero no ha cambiado ni cambiará, lo que necesito a mi madre a mi lado. La abrace o no, con merienda o sin ella, la sigo queriendo tanto como el primer día.

Sal

Ojalá q mi regazo llegue a ser tu sitio favorito; y el tuyo, el mio. Ojalá q tus hormonas, y las mías, reaccionen igual que el sodio y el cloro; y como ellas, formemos una molécula indisoluble de sal. Porque la sal, en su justa medida, siempre hace que todo sepa mejor.

Amar al mar

Al salir del trabajo me he parado a mirar el mar. Al bajar mi callé lo he contemplado desde el mismo sitio que la noche anterior me había parado a hacerle una foto. Ayer estaba tan calmo, tan precioso con la luz del atardecer reflejada en la superficie, que parecía un espejo. Hoy en cambio, estaba furioso, revuelto. Hacía bastante viento y lo habían agitado provocando que se viera bastante crecido; como cuando mueves una coca cola y parece que se va a salir de la botella. Casi, parecía que contuviera el triple de agua que ayer. No eran olas de esas inmensas que van mas lentas; mas bien, estaba lleno de olas medianas, que iban y venían sin cesar, con coronas de espuma blanca y brillante. Era pura belleza, naturaleza viva.

Desde que nací, casi siempre he vivido al lado del mar; y no se elegir como me gusta más. Lo mire como lo mire me parece fascinante. Cuando está tan trasparente que puedes contemplar sus algas, sus olas, cada piedra colocada encima de otra albergando toda clase de vida dentro. Cuando está embravecido, arrastrando la arena y menguando la playa a la mitad. Cuando el viento dibuja en él cabriolas o cuando ni espuma provoca al unirse el agua con la arena. Unos días otorga tanto silencio que no se oye ni un pensamiento. En cambio, otros, atrona con un ruido sordo que no ensordece tus pensamientos, al contrario, los anima a salir. A aquellos que están guardados dentro y profundo, los incita a chillar para que por fin los oigamos.

Hay días en los que es azul, negro incluso si lo miras a uno cuantos metros de la orilla desde encima de una colchoneta . Otros su azul pasa a ser verde o incluso marrón si está aderezado por el agua de la lluvia. Sea como fuere, es el mismo mar.

No se decir cuando me parece mas bonito, pero si se que lo adoro, cuando es calma y cuando es furia. Al fin y al cabo es el mismo mar.

Hasta ahí bien, ¿no? Suena comprensible. Amo el mar, luego indiferentemente sigo amándolo cuando es de una manera o cuando es de otra. Tenga el color, el sonido o el movimiento que tenga.

Pero ¿y a las personas? ¿Somos capaces de amarlas con sus días de calma y sus días de olas?

El fregadero

Creo que preferiría que se quemara mi casa antes de que entraran los bomberos y vieran el caos que hay. Ropa por planchar en el sillón, y por doblar en la mesa del comedor, unas maletas que presté repartidas en la entrada, al lado de unos zapatos que he sacado para regalar; en fin, entropía. Mientras descargo el lavavajillas para poder meter los platos de la cena, que se han juntado con los de ayer, me doy cuenta de que estoy pensando en él. Un plato tiene restos de salmón seco repegado, suciedad. Lo coloco debajo del chorro del agua y mientras la aparto con el cepillo, me entran ganas de decirle que yo nunca lo apartaría de mi vida; que no soy como esas personas que de un plumazo, ¡zas!, te borran, igual q borra el agua los restos de salsa. Me llamo ilusa a mi misma, que voy a arreglar diciéndole eso…Me da por pensar en que quizás tiene miedo a que un día le rompa el corazón

Mi cabeza sigue llena de hipótesis, y las barajo todas como un crupier los naipes, y no encuentro ninguna solución. Si le digo tal…pascual. Si hago esto….mal, si hago lo otro, peor. El fregadero se ha quedado vacío, y así me siento yo sin saber como está, sin poder hablarle, mandarle chorradas o decirle que lo echo de menos. Ya no hay nada en el fregadero y así me siento yo para él, nada. Pensaba que yo era motivo de su felicidad, que me veía como yo lo veía a él, una ilusión en esta vida en la que todo lo que hacemos es entregarnos a los demás: a los hijos, al trabajo, a la familia…y él era a mis ojos una persona íntegra, de esas como yo, que somos rara avis…Mi ilusión de que me habían hecho un regalo de ahí arriba, alguien con quien disfrutar en otro plano, pero….parece que la cosa no está clara. Con lo cerquita que me he sentido del cielo estos meses, porque flotaba de felicidad por haberlo conocido…y ahora estoy como chocada, no se que debo pensar. Albergo la esperanza, de que fuera verdad que él ha sido mas feliz estos meses pasados, donde compartíamos cada día nuestros días. De que no fueran imaginaciones mías esos momentos, donde lo veía pletórico, y creo que ilusionado. Por momentos, no fui la empresaria mama que escribe en sus ratos libres, fui la persona que lo hacía feliz. Y, ¡joder!, que bien me hacia sentirme la causa de parte de su alegría. Pero ya no. Dice que él ya es feliz, que no necesita a nadie. Pues yo, qué queréis que os diga, yo si necesito a la gente para ser feliz. Yo, soy una persona bastante completa, pero cuando miro a mi hija hay veces que me desborda el alma, y cuando pienso en mis abuelos, los ojos. ¿Sentarme en el sillón de mis amigos y sentir que estoy en mi casa? ¿Y cuando de repente te da un abrazo un amigo? Yo en mi casa viendo series estoy como Dios, feliz, y no necesito a nadie, pero la felicidad al lado de la gente que te quiere es otro nivel. Quizás si nunca hubiera probado las palmeritas de chocolate pues no necesitaría comermelas de vez en cuando para ser feliz; pero ahora que lo conozco a él, ¿cómo ser feliz sin saber que está bien? ¿Cómo ser feliz sin hacerle el amor?

Puedo refugiarme en mis libros, en escribir, en estudiar o ponerme por fin a ver Juego de Tronos y que para cuando acabe, solo sea un recuerdo. Pero no quiero, si lo hiciera, ¿qué estaría demostrando? ¿Que soy como el resto del mundo? ¿Que lo nuestro no es especial? Lo que yo quiero demostrarle no es eso, a mi me nace querer hacerlo feliz. Lo que yo quiero es que me haga pronto el amor y que no vuelva a tener dudas jamás. Quiero estar en su círculo de personas importantes, esas que se muere por ver o llamar. Al fin y al cabo, si uno es feliz dando amor a 5, ¿no será mas feliz dándoselo a 6? Pero lo que yo quiera, no sirve si no lo quiere él. Igual es incluso lo que él quiere, pero no conmigo.

Ya esta todo en el lavavajillas, las ollas no caben, y hay que fregarlas a mano; una de ellas tiene puré de verduras reseco. Las dejo para mañana, en remojo. No tengo previsto incendiar nada hoy, así que pueden esperar un poquito mas. Al fin y al cabo, no he resuelto mis dilemas, mañana debería seguir dandole vueltas al estropajo a ver si limpio mis ideas.

Como un yunque

No me deja dormir. Tengo el pecho lleno de dolor, de miedo. Es un peso fuerte que me aprieta contra el colchón. Me aturulla la idea de llenar mi pecho de temores y que no haya hueco para todo el amor que creo podríamos fabricar algún día. Me urjo a cortar esto rápido. No debe ser.

Pienso en la caricia que me ha hecho una enfermera en el brazo y en que posiblemente ese cariño inesperado ha sido lo mejor de mi día. Mientras me resbalan silenciosas las lágrimas por las mejillas, me pregunto si lo mejor del tuyo habrá sido el baño con tus peques, o la cara de tu hija al despertar esta mañana y ver las monedas del ratoncito Pérez. O quizás tu minúscula parada para comer. Me doy cuenta de que ahora mismo, lo que mas deseo, es tenerte al lado. Me pregunto si serías capaz de hacerme el amor, solo y sencillamente algo tan fácil y complicado como hacerme solo el amor. Dudo de que sacara ánimos, pero entonces imagino la tibieza de tus labios junto a los míos y me doy cuenta de que mi cuerpo se enroscaría al tuyo como hace siempre. Me he dado cuenta de que cuando tengo miedo te echo mas de menos, tus ojos y tus abrazos sobre todas las cosas. No es bueno necesitar a nadie, así que escribo para racionalizarlo… pero que bonito sería tenerte aquí en mi almohada y que ahogaras mi mano con la tuya tan fuerte como me ahoga el miedo al respirar. Oír de tus labios “descansa”, y dejar que mi cuerpo se venza al sueño bajo el paraguas de tu consuelo.

A tu lado, Raúl, como dice la canción: las penas son menos penas, las amarguras menos amargas.

La Ducha

Algunas duchas son como la vida. Estoy en una ducha ajena, habitación 317. Coloco la alcachofa de masaje y pongo el agua muy caliente. Me doy la vuelta para que el calor me alivie el dolor de riñones. Parece que funciona, por un momento hasta parece que el dolor desaparece y de repente, ¡flash! Un calo de agua fría, helada. Igual que la vida. Parece que está todo casi en orden y de repente te da un bofetón.

Vuelve el agua caliente, pero ya no es lo mismo. Recuerdo mi dolor, mi enfermedad; a diferencia del agua caliente, ella no se va a ir. Me lamento, me siento triste y desgraciada por estar enferma. Mis lagrimas se mezclan con el agua del grifo y al instante, recuerdo a todos esos niños que no saben ni lo que es una alcachofa de masaje, que no conocen mas ducha que la que se dan con dos puñados de agua en una palangana. Gracias a ese pensamiento, ahora también me siento egoísta y desagradecida. Me recuerdo a mi misma el firme propósito de no caer en el victimismo.

Ya me he enjuagado el cuerpo, acabo de quitar la espuma de mi pelo. He acabado la ducha. Es cierto que el agua arrastra también las pesadumbres. Mi llanto ha cesado. Me doy cuenta de que a pesar de mi debilidad y mi dolor, me he duchado sola. No he necesitado a nadie. Coloco la bolsa de suero en su soporte y me envalentono, ¡Vuelvo a pensar que no necesito a nadie! Después recuerdo a mi familia y me arrepiento de mi pensamiento absurdo.Tantas cosas ya, en las que de un modo u otro, siempre han estado ahí.

Siempre lo he pensado, las duchas, igual que los abrazos, son curativas.